Es fácil vivir en la ciudad. Allí todo está cotado, todo tiene un sentido.
Si hace frío, la calefacción. Si llueve, el chubasquero. Y si oscurece, enciendo la luz.
Porque ella misma te enseña que sentir el frío los pulmones y la lluvia sobre la piel es retroceder.
Que los pies tienen que estar sobre el suelo y haber comido antes de las tres.
Sin embargo es difícil y extraño querer vivir en un mundo lleno de sensorios pero con un tálamo sin saturar. Vivir en un mundo donde el día y la noche siguen siendo el día y la noche.
Aceptar que el bosque es solo la mitad de lo que ves, y que la lógica escapa en la trama ilusoria que vibra bajo tierra. Entender que su vida vas mas alla de los animales que lo habitan.
Y que nuestras energias vibran con las de un sistema mucho más grande que nosotros.
Asumir que somos actores de reparto y no los protagonistas en un mundo de gigantes.
Que existen realidades solo soñadas: imposibles que mueven a imposibles.
Cerrar los ojos y disfrutar, en resumen, de nuestra minuscularidad.
Pero en la ciudad todos somos reyes y mendigos, capaces de interpretrar y aplaudir un soliloquio triste y sordo con lo ajeno.
Asumir que somos actores de reparto y no los protagonistas en un mundo de gigantes.
Que existen realidades solo soñadas: imposibles que mueven a imposibles.
Cerrar los ojos y disfrutar, en resumen, de nuestra minuscularidad.
Pero en la ciudad todos somos reyes y mendigos, capaces de interpretrar y aplaudir un soliloquio triste y sordo con lo ajeno.
Así que, al margen de la contaminación, los precios, el tiempo perdido en llegar a los sitios, la gente, el acceso a la vivienda, la despersonalizacion y de la fruta que no sabe a nada...
es fácil vivir en la ciudad.
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