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Atrapados en la pétrea irreversibilidad del tiempo, el amanecer nos sorprendió incendiando en la distancia las cumbres nevadas del Veleta, festival de espumas imposibles en una tormenta de rojos y blancos. Sin duda alguna, Juan Benet estaría orgulloso de nuestro fortuito pero infructuoso intento de sentir los primeros rayos de sol de la mañana, sentado en el techo de aquel coche, tras una velada de frenesí erótico-noctámbulo. Unas horas antes, en ese lapso de tiempo en el que las persianas chapadas y las terrazas mojadas vaticinan el fin de su reinado, el orbe plata lucía, redondo y majestuoso, imponiendo su luz perlada sobre un mar de aguas negras, reino  de suspiros de una luz que ya no existe. Aunque desnuda luce poderosa, todavía encierra una oscura magnética cuando, envuelta en un carnaval de espumas se deja entrever vestida de novia, difuminando el resto para los deleites de una imaginación caprichosa.

          - Oye macho, ¿que tal las prácticas estos meses?
          - Otro ro…

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