Primero una pierna, después la otra y arriba la cremallera. Luego los guantes. Coge la mascarilla, sigue por las gafas y ponte la capucha. Acaba con el segundo par de guantes. Aunque estás vestido, protegido y seguro, el miedo se cuela por los resquicios de las cremalleras: es un pánico invisible a un enemigo invisible. Sólo el terror de los cables y los cuerpos en decúbito prono materializan la realidad del horror de la escena. La autofonía y los vapores del EPI te aíslan y desconectan del medio, al que tienes que aferrarte por las alarmas de la habitación para entender que es real, que tú estás allí y que cuando acabe el día quizá esa persona haya muerto. Tan solo he estado unos minutos, no puedo imaginarme como ha tenido que ser vivir tres meses todos los días así.
Han sido seis meses desde que pisé por última vez el hospital, y sólo han hecho falta unos días para darse cuenta que a la vuelta el aire es distinto. Hace unas semanas la tormenta ardía y el infierno castigaba al edificio doblegando el acero de las vigas: salas de espera llenas de camillas, consultas que pasaron a ser morgues, lágrimas que caían de rabia compartida. Desde la distancia, tus profesores, compañeros y amigos te lo decían: trabajar, fracasar y llorar, que el agua de la ducha arrastre la pena y diluya los sentidos. ¿Hasta cuándo? ¿hasta cuántos?. Desde el otro lado del televisor es fácil olvidar que bajo todas esas máscaras sigue habiendo piel y unos ojos asustados. Ahora, en muchos de los que han combatido ya no asoma el miedo sino quizá solo la desesperanza. Sus cuerpos están cansados, los cabellos mas canos y las miradas cenizas. El sacrificio pesa y el coste de su lealtad al Juramento se ha pagado con la fractura de sus almas, grietas que asoman a una negrura que absorbe todo, hasta la tristeza, dejando un vacío tal que no hay espacio ni para la nada. Algunos incluso han perecido. Pero a pesar de todo no flaquean y siguen ahí, al pie del cañón día tras día, porque son lo que son y eso los hace eternos.
En los días malos, recuerda: vuestra lucha si tiene un sentido.
Unos días después de volver a las prácticas decidí visitar el Monumento, en donde lancé a la llama las palabras que hace tiempo un alma leónica escribió para otros valientes. Y mi alma lloró con la fuerza de 44.600 muertos. Pero ni sus palabras ni las mías cerrarán las llagas, y tampoco devolverán las madres a sus hijos. Ojalá, por lo menos, recuperéis la paz del espíritu. Nunca os podremos devolver la piel que os habéis dejado. Así que, qué menos que rendiros este homenaje.

Increíble!!!! BRAVO BRAVO
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