lunes, 26 de marzo de 2018

La estrella verde de cinco puntas

Sentado en lo más alto de la gran mole de arena de Erg Chebbi, los últimos rayos de sol ciegan la mirada mientras se resisten a morir tras unas colinas castigadas por la monotonía del calor y la sequía que domina en la vastedad de las llanuras del desierto. De cuando en cuando, una brisa que aflora se violenta y torna en viento que levanta la roja arena y golpea con fuerza tu cuerpo, desfigurando las dunas y borrando las huellas del pasado. En ese momento justo antes de que la dama de la noche inicie su reinado, asentada en su etéreo palacio estrellado y eternamente condenada al hastío de los amantes de un romance prohibido, recapitulas lo vivido, lo sentido y lo percibido durante los días que has estado por el país vecino, sur de tu sur, norte de muchos.

Contra toda expectativa el paisaje es verde, las montañas son altas y la lluvia no da tregua. Los verdes cultivos se extienden más allá de donde la vista alcanza y el horizonte se tapiza con bosques salvajes de pino que respiran vida. Más allá de la paloma blanca de marruecos, escondida entre dos cuernos de fría piedra, descansa el pueblo azul donde las casas de amontonan unas sobre otras y las escaleras se elevan hasta el cielo. La Dama Libre descansa allí en paz, y desde lo alto de la mezquita española el río ruge con furia y las aguas se arremolinan a su paso, partícipes de la hipnótica violencia con que la hechizada naturaleza nos hipnotiza. Te despides de este pueblo que te ha dado la bienvenida a tierras extranjeras y pones rumbo al sur.

palacios ocultos por
paredes de barro
Perdido por La Medina la lluvia cala y te empapa esa sensación de respirar historia e historias, de sentir que las paredes de barro y adobe entre las que caminas han sido testigos y protagonistas de las vidas de las casi medio millón de personas que las habitan, impertérritas al paso del tiempo durante 1230 años, guardando en silencioso secreto palacios de cerámica, madera, cuero y yeso. Arriba desde los balcones puedes ver las viejas curterías de cuero sobrevoladas por un olor nauseabundo atenuado con hierbabuena y menta, mientras que abajo las calles se estrechan, las alturas bajan y la luz disminuye, ¿se trata de un callejón sin salida? Furtiva, entre sus incontables minaretes descubres la universidad más antigua del mundo, maestra de Avicena, y afuera en el camposanto escuchas a alguien llorar como mujer su ultimísima pérdida. En el zoco se mezclan los olores de mil especias cuidadosamente ordenadas, el sonido de los machetes al romper el hueso y la voz de los comerciantes se eleva por encima del transeúnte bullicio que abarrota sus calles: ¡Alek belek!, uaha habibi. De noche las calles se apagan y sucumben al silencio; el azar te lleva a la casa de un desconocido, perdido entre humo, risas y cantos que se elevan más allá de las siete puertas de oro que guardan el palacio real.

De nuevo el destino es caprichoso, y unas horas al sur de La Medina te ves envuelto en un manto blanco y rodeado de bosque alpino, donde unos primates de culo pelado intentan pirañear todo cuanto esté a su alcance, desde cualquier tipo de comida a la antena de un coche. Ya en las llanuras del desierto, inmerso en el vaivén de la carretera, ves como la rocosa mole del bajo Atlas se alza imponente con sus laderas nevadas. La noche cae rápido, los colores se funden y al alzar la mirada para perderte en el mar de diamantes atrapados en lo inmenso de la distancia encuentras un sutil y caprichoso regalo, como el filo de un frenesí: descubres en su perlado resplandor el lado oscuro de la luna, el éter más éter, pequeño elixir de eternidad. Más allá de las nubes todavía queda cielo.
Fertilización in-vitro del Siglo III a.C


Después de aquél mágico espectáculo de colores y misterio los días pasan rápido. De vuelta a Tánger, donde todo empezó, tropiezas con Meknes, su zoco y la grandiosidad de la Bab Mansour. En el anacronismo de las ruinas de Volubilis, entre un arco del triunfo, una basílica y un prostíbulo descubres los mosaicos romanos tan distintos a aquellos que viste en Fez, Chefchaouen o Merzouga. No lo niegues, tú también quedaste con las ganas de tocar aquél falo de piedra en busca de..."fertilidad".


Ya en Tánger las nubes no te dejan ver el otro lado de El Estrecho, ni el suave beso entre los dos mares. Una mano te tira del abrigo y suplica por algo de comer, pero se lo niegas por inercia. ¿Qué clase de mundo nos hace capaces de negarle el pan a un niño?¿Qué te suponen 20 céntimos en un momento puntual del día? Te avergüenzas de ti mismo y quieres rectificar pero ya es tarde, los dados se han lanzado y has vuelto a sacar dobles por tercera vez.  La lluvia no puede lavar el pérfido hedor de la culpa, que llevas contigo a casa.

Ahora de nuevo en el piso, escribiendo estas palabras, busco los esquemas y algoritmos que compilan la experiencia vivida esta pasada semana.Pobreza, riqueza, estupidez y ciencia,  han sido los pilares de este viaje en el que he descubierto una tierra de sueños y sonrisas, pero también de miseria y anhelo. 

Al final de los viajes uno siempre se siente un poco más solo; después de todo, no habría sido lo mismo sin la gente tan genial con la que he tenido oportunidad de compartirlo. 

Ahora Madrid se me hace aburrida.Será que el suspiro de lo exótico barre, como el viento del desierto, la superflua materialidad que empaña los sueños.

"En la naturaleza nada hay superfluo". Averroes

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