A la ciudad le gusta correr en los extremos del día, como si tuviera prisa por adentrase en la aventura de un nuevo día para, tras la agotadora tarea, escapar de él a toda velocidad y verse de nuevo sorprendido por una boca que devora su propia cola. Así, los nocturnos derrapan por las anchas avenidas llenas de borrachos y morralla, mientras el ajetreo del tráfico, los claxon, la prensa y la radio o los puños que alzan y se agitan dan paso desde su frenética carrera matutina al suave letargo que se impone conforme la claridad impregna con su quietud los angostos perfiles de la ciudad. Como cabría esperar, los días nublados en los que el sol no pone orden el festival de prisas continúa, autónomo, a lo largo de toda la jornada. Pero las parcas, sabias en su aposento, compensan el correr de las bobinas de la vida pública con los pesares de la vida privada. En las casas las mañanas son pies que se arrastran y bostezos antes del café, son rosas cerradas que estallan al contacto del agua, sonrisas presas del dios circadiano. Las noches de vuelta a casa, una vez en el barrio, ocurren entre el repicar de los cubiertos en el plato durante la cena, entre canciones de cuna y móviles mecidos al viento, suspiros de arroyo y caricias de junco.
Cansado del fluctuar de los ritmos decidí marcharme un tiempo de la Ciudad.
Me refugié allá, en las tierras altas, por donde traza el Duero su curva de ballesta en torno a Soria, entre plomizos cerros y manchas de raídos encinares... en un lugar donde los pinares se extienden vastos hasta los infinitos límites del horizonte, custodiados bajo la vigía de las ancestrales ruinas de los castillos templarios que dominan las atalayas. Cobijan en sus entrañas pueblos empedrados de lavadero e iglesia románica, de cucaña y frontón en la plaza del pueblo, que se mantienen vivos gracias a las flores que aún susurran en sus balcones. Sus calles impregnadas por el aroma a madera y tierra mojada niegan al crono urbano profanar su quietud y su anacronismo: aquí reina un dinamismo larvado oculto en una ilusión estática. Al caer la noche, la oscuridad más negra devora los bosques bajo la uniformidad un manto de castigos divinos y metamorfosis que siembran la negrura celeste y el silencio es la norma, únicamente transgredido por unos gatos que pelean y el aullido lejano de algunos perros.
Una de las primeras noches la luna andaba en cuarto creciente, reducida a tan solo una ínfima sonrisa, hilito de plata. Al pasar los días vi cómo, atrevida, fue desafiando progresivamente a las constelaciones con su luz perlada. Aunque llena estuviera completa y realizada, continuaría cíclica e irremediablemente hasta completar su gestación una y otra vez: los mares se elevarán y las bestias salvajes enloquecerán en una ancestral danza de aquelarres, arrastrados por la misma fe que lleva a los amantes a crecer en los imposibles. Pero... ¿cómo culpar a Selene del daño que inflige en los corazones, o a los amantes y las fieras que en su delirio beben de la cicuta de la pasión, movidos por una fuerza suprema? ¿Cómo recriminar a quien se abandona a su verdadera naturaleza y no niega lo que siempre hemos sido, lo que somos y lo que en potencia debemos ser: seres incipientemente racionales, núbiles y presos del error recurrente, emocionales y hedonistas, hambrientos de un placer que transgrede las fronteras de lo carnal?
Cansado del fluctuar de los ritmos decidí marcharme un tiempo de la Ciudad.
Me refugié allá, en las tierras altas, por donde traza el Duero su curva de ballesta en torno a Soria, entre plomizos cerros y manchas de raídos encinares... en un lugar donde los pinares se extienden vastos hasta los infinitos límites del horizonte, custodiados bajo la vigía de las ancestrales ruinas de los castillos templarios que dominan las atalayas. Cobijan en sus entrañas pueblos empedrados de lavadero e iglesia románica, de cucaña y frontón en la plaza del pueblo, que se mantienen vivos gracias a las flores que aún susurran en sus balcones. Sus calles impregnadas por el aroma a madera y tierra mojada niegan al crono urbano profanar su quietud y su anacronismo: aquí reina un dinamismo larvado oculto en una ilusión estática. Al caer la noche, la oscuridad más negra devora los bosques bajo la uniformidad un manto de castigos divinos y metamorfosis que siembran la negrura celeste y el silencio es la norma, únicamente transgredido por unos gatos que pelean y el aullido lejano de algunos perros.
Una de las primeras noches la luna andaba en cuarto creciente, reducida a tan solo una ínfima sonrisa, hilito de plata. Al pasar los días vi cómo, atrevida, fue desafiando progresivamente a las constelaciones con su luz perlada. Aunque llena estuviera completa y realizada, continuaría cíclica e irremediablemente hasta completar su gestación una y otra vez: los mares se elevarán y las bestias salvajes enloquecerán en una ancestral danza de aquelarres, arrastrados por la misma fe que lleva a los amantes a crecer en los imposibles. Pero... ¿cómo culpar a Selene del daño que inflige en los corazones, o a los amantes y las fieras que en su delirio beben de la cicuta de la pasión, movidos por una fuerza suprema? ¿Cómo recriminar a quien se abandona a su verdadera naturaleza y no niega lo que siempre hemos sido, lo que somos y lo que en potencia debemos ser: seres incipientemente racionales, núbiles y presos del error recurrente, emocionales y hedonistas, hambrientos de un placer que transgrede las fronteras de lo carnal?
Somos.
Somos la mentira, el puñal y la mano que lo empuña;
La verdad, el error y la caricia que cura.
Somos teatro y ficción, livianos;
Realidad orgánica funcional, pesados.
Somos sueños y pasión;
deseo y traición.
deseo y traición.
Somos matiz.
Somos virtud
Somos pecado.
En la linealidad del tiempo y por tanto en la unicidad de los contextos somos responsables de nuestras acciones, pero jamás podremos etiquetar nuestras decisiones de erróneas al momento de tomarlas, pues carecemos de la información necesaria para conocer todas las posibles alternativas, y mucho menos para inferir entre ellas la combinación óptima. Siempre es más fácil planificar un viaje cuando somos reincidentes en un mismo destino.
¿Acaso no somos ensayo y error, casualidad y acierto?
Quizá el tiempo me lleve a comprender si aquellas noches de finales de primavera y principios de verano, borrosas por la cerveza y la ginebra, fueron una verdad, un teatro, un puñal o un error.
"El amor puede surgir de una sola metáfora" - Milán Kundera

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