A la mirada que busca y a los ojos que inquieren nada se les oculta, y en el silencio que acompaña a la contemplación de lo prohibido te descubres viendo el sol caer, coche tras coche, bajo el arco de una victoria tantas veces anunciada. Bajo tus pies la ciudad ruge en el Madrid que anochece, enseñando sus colmillos de gris y férrea fiera, mientras unos metros más arriba, durante las tardes de invierno, el cielo se inflama de rojo coral y purga las cadenas que te anclan al suelo.
Bizarro, te aventuras una vez más por esa línea alba que conduce a un paraíso de fuego y carnes empapadas, de cuerpos que se arquean y miembros que se estiran para temblar y finalmente sucumbir, estáticos, al éxtasis de un secreto deseo nuevamente encarnado. Por mucho que pasen los años nunca podrás dejar de ser un ángel tan fieramente humano. Reducido ya el edén a cenizas, un eco turba los remansos de tu Razón. ¿No es, al fin y al cabo, la consumación de lo humano, la unión de los cuerpos y el entrelazar de las almas, un acto intrínsecamente violento pero de irresistible belleza? ¿qué entes nos impelen a la midriasis, parálisis e hipnosis ante un espectáculo de tal oscura magnética? Ruge la tierra al vomitar sus entrañas, en cuya procesión consumen y exterminan, ardientes, hasta el color de la tierra. El rayo desgarra el cielo que existe más allá de las nubes, y la nieve, en su frenética y grávida estampida, devora y engulle todo cuanto encuentra. Tamaña cantidad de energía liberada no te conduce sino de vuelta a tu diminutez en un parpadeo cósmico.
Unas horas después, ya de vuelta al Sur, en el rítmico vaivén de los raíles quedas inmerso en la estampa. Las raíces violentan las pendientes sembradas de vida, aferrándose a esta mi tierra, seca y castigada al hastío de un sol que hasta el agua agrieta. Perfilan el horizonte riscos y bruma clara, en los que entre laberintos sin minotauro y con aroma de romero y esparto, se abraza oculta la palidez de los almendros en flor. Ya en casa, el castaño de la plaza danza con la brisa, cantando el sonido de una lluvia seca. Y así, con el sosiego y esta imagen en la retina, aquel eco que te hizo una dulce introducción al caos te muestra la otra cara de la moneda. ¿Acaso no quiebran y resquebrajan las raíces la roca madre, reventando sus pétreas vísceras en busca de un hogar? ¿y no estalla el cascarón en mil esquirlas cuando la vida se impone a la quietud? La sangre, el dolor y las heces preceden al llanto en el parto, y las fauces desgarran la carne en la lucha por la vida. Las mismas aguas que emanan juventud devoran navíos las noches de tormenta y estallan contra los angostos perfiles de la costa; mientras, los huesos se quiebran contra las rocas al fondo de una cascada, río arriba, bajo espumas que se elevan, como regidas por un secreto director de orquesta en una misteriosa danza.
De esta manera la naturaleza, en cualquiera de sus formas de muerte o caos, vida o armonía, encierra una violencia que nos fascina. ¿Será lo descomunal de las fuerzas que la mueven? ¿o acaso la caricia de aquello que fuimos y se nos impide ser, de aquello que en realidad somos, nos recuerda que los pulgares oponibles, la bipedestación y la autoconciencia siguen subyugadas a nuestras raíces más arcaicas? Nacimos del estallido de una supernova, asi que bajo la perspectiva cósmica en cierto modo violencia fuimos, violencia somos y en violencia poética nos convertiremos.
El asunto es irónico, pues la única de las formas en que de veras la desprecias es aquella que surge íntegramente de lo Humano (su odio, el impulso y la vanidad). No obstante, ese mismo Humano es capaz de crear obras de una realidad tan onírica que convulsiona y violenta nuestra mente ante los imposibles que plantea, devolviendo a esta señorita su hábito de belleza.
El asunto es irónico, pues la única de las formas en que de veras la desprecias es aquella que surge íntegramente de lo Humano (su odio, el impulso y la vanidad). No obstante, ese mismo Humano es capaz de crear obras de una realidad tan onírica que convulsiona y violenta nuestra mente ante los imposibles que plantea, devolviendo a esta señorita su hábito de belleza.
Distorsionamos aquello que por naturaleza es hermoso para convertirlo en algo hediondo y retorcido por puro placer y deleite.
Y en cierto modo, sí, eso es algo muy nuestro.
Quizá tuviera Kubrik algo de razón con su famosa Naranja, o Lam en su Jungla.
Quizá tuviera Kubrik algo de razón con su famosa Naranja, o Lam en su Jungla.
(Fuente: http://www.blueplanetheart.it/wp-content/uploads/2017/05/lightning_last_year_by_oompa123.jpg)
"Quiero el amor o la muerte, quiero morir del todo, quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente que regando encerrada bellos miembros extremos siente así los hermosos límites de la vida" - Vicente Aleixandre

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