La poesía resiste.


Salí de casa con sandalias y una camisa fina de algodón, optimista, con gafas de sol y sin chubasquero  a pasear en una mañana de finales de abril.  Pensé en mis pacientes ingresados en la planta pendientes de los resultados de pruebas, sin querer reduciendo, como se hace en los rincones y espacios oscuros de la Historia, vidas a números que esperan resultados en forma de letras. La fuerza de la costumbre me llevó por calles conocidas. 

Ya lejos de casa comenzó a llover, una de esas lluvias finas que susurran pero no imponen su peso sobre la piel. Caminé entonces con los pies mojados, pero sin el alma alicaída. Era cuestión de actitud: una nueva oportunidad de conectar con la tierra por aquello, lo más humilde, que por mucha evolución que atravesamos se empeña en recordarnos que somos el sueño y la carne que caminamos.

Porque, al fin y al cabo, siempre es cuestión de actitud. 

Incluso la poesía es actitud.  

En la gran ciudad se disfraza de arte, de luces artificales y de ruido. De una voz solitaria entre un millón de voces solitarias entre gente que camina rápido pensando ahora en el después. Intenta escindirse de su origen, ese que no puede ser maquillado, de un aquí y un ahora sin un luego. 

Y se encuentra allá donde se le ponga actitud:

La de descubrir en circos y sus gradas una danza que vive para ser vibrada. 

Al abrasarse la piel con la piel y respirar el cortejo del ocaso de un sol que se funde en un mar equivocado de sitio.  

Primitiva.  Inmaculada. Imperturbable. 

Poesía que no puede ser contada sino vivida.

En la delicadeza de un pelo revuelto en el azar de un aullido.

En la paz de una luna llena. 

En la sabiduría de los ritmos templados en el ruro.

Allí la poesía resiste.


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