Oro viejo y estaño

Acariciando las curvas de una caótica trama he vuelto a sentir la atmósfera inconsciente que respira la vida en el sur. Esa cálida alegría almizclada con la decadencia en las paredes de lo que otro día fue vibrante imperio, hoy triste oro viejo,  apuntalado con bulerías y cerveza entre los vecinos en sus plazas.

El arte salpica las fachadas caladas de sonrisas en los ojos serenos, pero la efervescencia de la llama y su eterno verano se ahoga en la hiporexia anímica de las calles empedradas. Sus fantasmas no entienden de salitre ni de cumbres afiladas, del rayo que suspira en la oscuridad marejada. Sus páramos todo lo amansan.

¿De qué se alimentan y con que sueñan aquí las almas?

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