Te despediste, triste rayo cesado,
de la luz que tu tormenta truncada nunca vio nacer.
Ahora que has llorado la carne de tu carne,
la sangre de tus entrañas,
abraza la luz de la primavera y estalla,
en tu pecho empañado de amapolas,
ese orgullo tantas generaciones anhelado
y a tantas generaciones privado:
que te pertenece,
que te enaltece,
y que te mereces.
Siempre fuerte, siempre en pie:
Altiva y mujer te quiero
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