Es difícil resumir estos días en una sola entrada.
Todo empezó cuando, hace 12 meses, recibí una llamada en el bus de vuelta de República Checa: era Aitor. Yo andaba como monitor con la Federación y él había estado de voluntariado en Perú con una ONG chiquitita, de esas familiares que lleva a cabo una acción social de las de verdad, sin voluntarismo colonialista ni fotos de postal; allí se va a trabajar en transporte público y a comprar al mercado. Me propuso levantar un proyecto médico desde los cimientos, y tras 6 meses de mucho trabajo (desarrollo de protocolos de intervención, campañas de promoción y captación de voluntarios, recaudación de fondos, estrategias de continuidad, etc), todo quedó echado por tierra. Ni proyecto de Perú, ni TFGM, ni proyecto de Ecografía en el Hospital. Todos mis trabajos se fueron al carajo.
Caput. Cero. Nada. En fin, un desastre.
![]() |
| (El cuarto matrallo) |
Por suerte, toda puerta que se cierra tiene una variante en forma de ventana más o menos indiscreta, y es ahí cuando surgió la idea de Pirineos. El año pasado tuve una dulce introducción al caos en Ordesa, y la oportunidad de recorrer toda la frontera se mostró muy tentadora. Los años que vienen son extraños, y quizá no tuviera otra oportunidad de disponer de treinta días seguidos para destrozarme por el monte en ningún futuro próximo. Así que me decidí a completar la otra mitad que me faltaba por caminar del Norte peregrinando la Senda Pirenaica (GR-11) en autosuficiencia. Y sabiendo que otras dos almas también disfrutarían del sufrimiento en los paisajes, a pesar de que es un viaje que sabía que iba a disfrutar yendo solo, invité a Aitor y al granadino a venir conmigo. Así nos plantamos en Donosti con unos zuritos un 4 de Agosto un granadino, un madrileño, un murciano y un pollo de goma, donde comenzó toda la serie de tejemanejes (algunos para bien y otros para mal) que nos fueron sucediendo a lo largo de la travesía. La rama más radical del feminismo vasco nos bautizó como la "Expedición Matrallo".
El primer día nos costó arrancar: las dos primeras horas diluvió, después de comer un error nos costó 2h extra de caminata y un intento fallido de atajo se saldó con alguna que otra alambrada rota y nuestro autoestima por los suelos (junto con el culo de Aitor). Al pobre ya le petaron las rodillas ese mismo día: todo fue culpa de las seiscientas páginas que juzgó oportuno llevar consigo. El segundo día el Aberzale (también más radical) se negó a darnos agua al no saber ninguno de los tres sureños hablar Euskera, y el calor hizo sinergia con la seis horas de sequía para casi destruir al peruano. Salimos de esa por MUY poco. El triunvirato apenas nos duró cuatro días con sus cuatro noches. Tras un día de gastroturismo en forma de botella de vino por cabeza y una rueda de queso en el río, siesta monumental incluida, el primero de los Matrallos se despidió sin ni siquiera haber podido probar la Alta Montaña. La Pachamama se encargó del resto y el modelo de gobierno pasó a ser una república monoministerial en cuestión de catorce días.
Pero incluso en el seno de la brevedad de nuestra triste historia llegamos a configurar toda una microsociedad con sus roles, sus peleas conyugales (sin la incógnita de quién dormiría en el sofá) e incluso sus liturgias, como la de rechupetear el chocolate del papel de los huesitos en los descansillos, en silencio mirándonos unos a otros, disfrutando internamente de aquel sinsentido. Era obligatorio tocar el pollo al inicio y al final de cada jornada: el primer silbido anunciaba que era hora de aventuras, el segundo el fin de los infortunios. También dio tiempo a definir los problemas de Estado: ¿mañana es domingo?¿a qué hora cierra el super?¿el papel higiénico está a mano?¿DONDE ESTÁ LA FUENTE?
(Aitor feliz con su fuente tras la sequía)
Una vez en solitario devoré en apenas 6 días el resto del viaje y aparecí en Andorra. Pude haber continuado, pero una promesa es una promesa: no crucé por las Faja de las Olas aquel día gris lleno de soledad y peligro, y llegaremos al Mediterráneo los tres juntos. Aunque la idea de seguir hasta el mar era tentadora, y la Faja de las Olas una vieja enemiga, son esas promesas difíciles las que merece la pena cumplir, especialmente por estos dos Matrallos.
Los Valles Occidentales, Ordesa y Monte Perdido, Pineta, Posets, Maladeta, San Maurici... uno por uno se fueron sucediendo los Parques, cada uno con su personalidad y unos ropajes distintos. A veces eran abetos, otras un hayedo, pero los bosques siempre eran druidosos y arriba las cumbres se desnudaban al roquerío. Y agua, mucha agua; las cascadas siempre caían por los valles imponiendo la vida. La mayoría de paisajes entrarían dentro de la categoría de Ciencia Ficción para un murciano de a pie medio. A 3000m de altura las estrellas, las nubes, y todo aquello que parece inalcanzable se muestra mágico al perder su carácter onírico y volverse real y palpable: te absorbe, te abraza, te envuelve, te hace partícipe y vívido. Allí arriba la vida también está exenta del pecado original y campa inmaculada. Y uno se planta allí, por encima de las nubes, con la única ayuda de su cuerpo y un lastre de 10 kilos.
¿Y qué tiene esta cordillera y el viajar en autosuficiencia como para no derrumbarse cuando uno se queda solo y pequeño y desnudo (que nunca vacío), cuando los pies duelen, el frío aprieta y además echas de menos a tu mamá? Aún con todos sus matices, todas aquellas moles rocosas comparten una constante, motora definitoria del viaje: la pasión. Pasión por ese caos sublimado que domina la montaña, esa fuerza incoercible que doblega la roca y pliega las vetas, que prende las nubes y fulgura los prados. Pasión por sentir la materialidad de la muerte y la realidad del peligro, una siniestralidad que estalla los instintos a través de abismos que reclaman el polvo de sus entrañas. La Montaña es una que no puede ser escrita, hay que vivirla: es una cuestión de impoderables de lo físico.




Comentarios
Publicar un comentario
No me seas rata y firma el comentario