Recuerdo cuando en clase de matemáticas aprendí el concepto "divergir", ese comportamiento en las sucesiones y de la geometría que encarna la incapacidad para imaginar la dimensión de lo que escapa de nuestra lógica limitada a una realidad finita, poniendo de manifiesto nuestra brecha con la imagen y semejanza. "Divergir" vino para quedarse.
Durante la primera noche de libertinaje estival, inmersos en el síndrome hipnótico sedante y rodeados de un cementerio de cadáveres de vidrio, las palabras con el Filólogo y su Atenea pronto dieron paso a los interrogantes. ¿Por qué el viaje de este verano? Nunca supe muy bien la razón por la que la montaña nos impulsa con ese ímpetu a volver e intentar coronarlas, una y otra vez, en un intento frustrado por mostrar nuestro dominio ficticio sobre la Tierra. Quizá fuera por lo bello y lo siniestro, o para desmentir secretamente la paradoja de la roca que Dios nunca pudo o no quiso crear. En la miosis y somnolencia encontré la respuesta: la Alta Montaña es lo más cerca que he estado nunca de materializar lo infinito, el tamaño que diverge hasta lo absurdo con sus diedros megalíticos. Y uno, a través de la aventura en forma de una promesa de peligro en los páramos de lo desconocido, como por entre los acordes de séptima, se hace partícipe y goza de ese tacto de lo divino.
Una vez lo pruebas, estás perdido. Es imposible olvidar ese beso que en la ciudad parece tan prohibido.
No podía yo negarle la oportunidad a dos amigos de experimentar, en primera persona, esa otra dimensión de la vida: la que es valiente y decide ahondar en las raíces de nuestros instintos marginando los hedonismos de la "vida" moderna. Y por eso, después de invitarles y que aceptaran venirse de viaje les tenía que dedicar otros pocos cuartetos farfulleros:
Bien elige tus amigos,
caminante sin camino,
Pues el viaje es largo
y el espacio reducido.
Por ello un consejo
a dichos yo les digo,
mis dos afortunados
compañeros de peligros:
Recuerda siempre tú,
que nadas en las montañas,
que no hay olas en playa
ni estelas en el mar,
que la Madre siempre es justa
aunque traicione a matar.
Recuerda siempre tú,
musiquillo cervecero,
Que huye la luna luna
cuando siente los caballos,
y que si la luna te mira,
tú, niño, la estás mirando.
Recuerda siempre tú,
ebanista y carpintero,
que si hay niebla en el valle,
montañero a la calle,
y si hay niebla en la cumbre,
montañero a la lumbre.
Bien Santiago no es destino,
pero os deseo ¡Buen Camino!
Que otro apóstol nos acompaña
por estos parajes divinos.
Y siempre y muy importante,
cuidaos de guardar,
el corazón para los abismos,
los sueños para las cimas,
y la sonrisa para el mar.


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