A las nubes les gusta bajar al
lago de madrugada, sumiendo el valle en un abismo de incertidumbre.
Aquella mañana tan sólo los gatos callejeros y algunos piratas nos atrevimos a
profanar el silencio de sus entrañas, cabalgando hacia el amanecer de un sol
tímido. En la carretera las curvas se atropellaban unas a otras en torno al
agua. Aquel espectáculo me recordó a mis dos semanas en la UCI neonatal. Allí
también reinaba la quietud, pero la niebla era diferente: la incertidumbre se
manifestaba en forma de un futuro aún por decidir, la promesa de una aventura libre
todavía de los raíles de la existencia. Y mientras que aquella mañana los rayos
de sol luchaban por imponer sus longitudes de onda y matizar lo informe, en ese
rincón de la Sexta, a caballo entre la Norte y la Sur como entre la existencia,
los neonatólogos intentaban aferrar a los prematuros a los extremos de la vida.
Cuando por fin llegamos los árboles todavía reflejaban algunas trazas de luna.
Realmente la UCI neonatal no era
más que silencio, oscuridad, cables y alarmas, muchas alarmas, entre las que se
escondían los llantos sin lágrima, puros y primitivos, de aquellas criaturillas
que manifiestan su voluntad de ser como los caballos a su galope desbocado por
las praderas en las noches de luna llena. A fin de cuentas, los pacientes no
distaban mucho de las flores en sequía, que a merced del rocío de la mañana
lloran violentando de gris la primavera, y estallan en mil formas reclamando su
libertad privada de movimiento y de la caricia del viento.
Pero esa organicidad que reinaba
en la UCI estaba suspendida en la solemnidad que acompaña a todo misterio. Algunas
corrientes de la filosofía del arte defienden que el placer estético que
suscita toda obra se debe, en tanto que su límite como su cimiento, a lo
siniestro que lo subyace de forma oculta: un horror supremo que tácito nos guía
por los senderos del placer. Quizá radique ahí la magia con la que el prematuro
hipnotiza la mirada de Perseo, y bajo lo siniestro de la levedad de su ser se refleje
nuestra fragilidad, recordándonos que nunca dejamos de ser biológicamente
papiráceos.
¿Qué somos sino una
constelación de supuestos infinitos?
No obstante, revelado lo
siniestro, perdido lo bello; la muerte se confirma como una constante definitoria
y nexo de ambos extremos de la vida. Por fortuna los Neonatólogos, que se proyectan sobre lo siniestro en forma de arte bello y sublime a través de su pasión por
el trabajo, luchan con ellos, por ellos y para ellos, consiguiendo que pocas
veces se luzca el envés del cuadro. ¿No es acaso maravilloso?
Cerrado el ciclo de la vida con Geriatría y Pediatría, habrá que ver qué me agurada Oncología este cuatrimestre. Arriba en la Sexta la cálida oscuridad seguirá arropándonos, mientras que abajo en Cristo Rey nunca dejará de librarse la lucha de las ambulancias.
“Lo bello es el
comienzo de lo terrible que aún podemos soportar” – Rainer Maria Rilke
“Lo siniestro es
aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado” – Schelling

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