Geometría Fortuita

Siempre me pregunté cómo sería vivir de primera mano una de esas noches jazzísticas o esas horas interminables en autobús sobre las que los grandes autores de la generación beat solían escribir. Como de costumbre, una concatenación más o menos poética de casualidades me llevó a experimentar ambas en un breve margen de tiempo.

Lo primero que conocí del Artista fue su bastón, y tras él una mano enfundada en un anillo desgastado por los pesares de una vida labrada, seguida de un traje azul. No tuve que esperar mucho para conocer su sonrisa. Cuando se acercó el saxo a la boca el silencio dominó la sala, a la espera de la masacre cognitiva que estaba por llegar. Comenzó a aullar, y a cada nuevo gemido que el aire resonaba en las tripas de su metálica prolongación se descubría la lujuria oculta en los imponderables del Jazz. Tras varios de sus temas conocidos llegó el turno de la improvisación: deformar la melodía en forma de metamorfosis latina conservando la esencia prima de la armonía a la espera de que una mente activa la reconozca y le sonría. Los platillos chocan saturando el ambiente con sus chasquidos, las escalas del contrabajo suben y bajan, las manos del pianista juegan y brincan y saltan, y el saxo embiste a los corazones con cada nueva bocanada. El objetivo era sencillo: liberar el alcohol retenido en las venas y abandonarse a los acordes de séptima y a las corcheas en un esguince de los sentidos para, al terminar el concierto, con suerte ir lo suficientemente borracho como para no sufrir al ser vomitado de vuelta a la Ciudad.

Todavía con resaca músico-afectiva tuve que marchar para las entrañas de centro Europa, hacia un lugar donde amanece temprano y la vida es tranquila, sin apenas cobertura. Allí el bosque despierta perezoso y al ocaso el perfil de los pinos se tiñe de ocre y azulado.

De camino en el autobús me desperté sin saber qué hora era ni donde estaba, quizá era ya Alemania, en la oscura monotonía de la noche. Silencio. El motor rugía como un cachorrillo tirando de aquella mole, que devoraba bajo el salpicadero una tras otra las líneas discontinuas que custodiaban el camino. El señor de al lado comenzó a roncar, haciendo vibrar su bigotillo a cada nuevo gruñido. Conforme uno corre a la desesperada por el camino de la distancia en un vano intento por escapar de las grietas de la desilusión, el cabo que le ancla al horror revolucionario tensa el nudo y aprieta, comprime más y más el corazón haciendo el dolor cada vez más intenso hasta que las fuerzas estallan las cuerdas, escinden las anclas y el dolor remite. Aquí no hay un todo o nada, sino un todo y un menos todo: afrontarlo o huir, la inacción no está contemplada.  Pero… ¿qué derecho tienes al miedo al todo, a la desilusión y a la tristeza cuando voluntariamente, peregrino, decidiste embarcarte desnudando el pecho a las flechas romas de Eros por el sendero de las líneas secantes, que se desean sin saber que a su encuentro pagarán su osadía con una divergencia que no cesa, azotada por la nostalgia de aquel contacto casual, a la espera de un quiebre en los ejes, fortuito, que les permita volverse a sonreír en algún otro punto del juego de ordenadas y abscisas?

En tu sala de espejos la fidelidad, la concavidad y la convexidad es cosa tuya: la imagen, la metáfora o el sentimiento son los que tú quieres que sean. Un último abrazo incompleto rompió la ficción y rectificó la curvatura de tu espejo. Todo o menos todo, las cadenas no han sabido o no se han atrevido, quizá, a ceder. El tiempo no pesa y la distancia todavía aprieta. Espero que esto sea un trabajo en dos dimensiones y un solo plano, ya que una nueva coordenada haría extremadamente fortuito que, a pesar de una nueva sacudidad de los vectores, las secantes se vuelvan a encontrar.

¿Acaso no somos ensayo y error, casualidad y acierto, premisa y pecado? 

Quizá el tiempo me lleve a comprender si aquellas noches de finales de primavera y principios de verano, borrosas por la cerveza y la ginebra, fueron una verdad, un puñal, un error o un pecado.


“El amor es como don Quijote: cuando recobra el juicio es que está para morir” – Jacinto Benavente

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