Siempre me
pregunté cómo sería vivir de primera mano una de esas noches jazzísticas o esas
horas interminables en autobús sobre las que los grandes autores de la
generación beat solían escribir. Como de costumbre, una concatenación más o
menos poética de casualidades me llevó a experimentar ambas en un breve margen
de tiempo.
Lo primero que
conocí del Artista fue su bastón, y tras él una mano enfundada en un anillo
desgastado por los pesares de una vida labrada, seguida de un traje azul. No
tuve que esperar mucho para conocer su sonrisa. Cuando se acercó el saxo a la
boca el silencio dominó la sala, a la espera de la masacre cognitiva que estaba
por llegar. Comenzó a aullar, y a cada nuevo gemido que el aire resonaba en las
tripas de su metálica prolongación se descubría la lujuria oculta en los imponderables del Jazz. Tras varios de sus temas conocidos llegó el turno de la
improvisación: deformar la melodía en forma de metamorfosis latina conservando
la esencia prima de la armonía a la espera de que una mente activa la reconozca
y le sonría. Los platillos chocan saturando el ambiente con sus chasquidos, las
escalas del contrabajo suben y bajan, las manos del pianista juegan y brincan y
saltan, y el saxo embiste a los corazones con cada nueva bocanada. El objetivo
era sencillo: liberar el alcohol retenido en las venas y abandonarse a los
acordes de séptima y a las corcheas en un esguince de los sentidos para, al terminar el concierto, con suerte ir lo suficientemente
borracho como para no sufrir al ser vomitado de vuelta a la Ciudad.
Todavía con
resaca músico-afectiva tuve que marchar para las entrañas de centro Europa, hacia
un lugar donde amanece temprano y la vida es tranquila, sin apenas cobertura.
Allí el bosque despierta perezoso y al ocaso el perfil de los pinos se tiñe de
ocre y azulado.
En tu sala de
espejos la fidelidad, la concavidad y la convexidad es cosa tuya: la imagen, la
metáfora o el sentimiento son los que tú quieres que sean. Un último abrazo
incompleto rompió la ficción y rectificó la curvatura de tu espejo.
Todo o menos todo, las cadenas no han sabido o no se han atrevido, quizá, a
ceder. El tiempo no pesa y la distancia todavía aprieta. Espero que esto sea un
trabajo en dos dimensiones y un solo plano, ya que una nueva coordenada haría
extremadamente fortuito que, a pesar de una nueva sacudidad de los vectores, las
secantes se vuelvan a encontrar.
¿Acaso no somos ensayo y error, casualidad y acierto, premisa y pecado?
Quizá el tiempo me lleve a comprender si aquellas noches de finales de primavera y principios de verano, borrosas por la cerveza y la ginebra, fueron una verdad, un puñal, un error o un pecado.
“El amor es como don
Quijote: cuando recobra el juicio es que está para morir” – Jacinto Benavente

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