Hacía horas que andábamos borrachos, pero en nuestra natural tendencia suicida, propia de un reloj de cuerda, decidimos tomarnos un último lingotazo. Era ya de noche cuando decidimos volver del extrarradio. Bajé en Plaza de España, y al caminar frente a los grandes hoteles y los lujosos restaurantes me dí cuenta del hambre que tenía. Recordé que llevaba unos tallarines raídos en la mochila, y como no tenía cubiertos decidí comérmelos con la manos. La gente me miraba al pasar: debía tener un aspecto muy denigrante, pero que les jodan, yo era feliz disfrutando de las texturas y los sabores carcomidos de mi ropa vieja. En medio de mi festival me dediqué a analizar con mis ojos de borracho la ciudad, las figuras borrosas y luces deformadas. Aquello estaba infestado de hijos de puta, con sus sonrisas falsas, protegidos por un traje y una corbata. Aquí la gente se juega el pellejo para saltarse un semáforo con tal de robarle unos míseros segundos al tiempo, o bien te empujarían en las escaleras del metro para apiñarse los primeritos junto a la puerta, y apretarse contra la pared del fondo cuando el vagón se llenara. El orgullo patrio estallaba en multitud de pechos y manchaba la calle con su mierda, pero no se les ocurriría comprar en la mercería de Doña Rosa ni por error. Joder, el chino era mucho mas barato. Madrid es una ciudad triste: está llena de prostitutas del tiempo, de drogadictos de la eficiencia y de desertores del hedonismo.
Bajé hacia Pío por la cuesta de San Vicente, hipnotizado por el contoneo de un culo joven y terso enfundado en unos vaqueros negros. Las piernas ascendían interminables hasta dar paso al rombo, prólogo del paraíso. Uno dos, dos uno... moriría por que esas piernas me succionaran y bombearan hasta que estallara. Definitivamente me masturbaría al llegar a casa.
En ese momento vivía en un apartamento cerca del río, donde las cucarachas salen a pasear de noche cuando hace buen tiempo. De camino recordé los ojos azules y la piel pálida de aquella chiquilla que a media tarde me había devorado con la mirada, y a cuya sonrisa sucumbí tras una conversación obscena. Una pena que todo quedara en un intentado fallido de sexo en un lugar público, a expensas del vicio del resto de espectadores. Para cuando entré por la puerta del piso ya había amanecido. Quise buscar entre las cuerdas de mi guitarra el ánimo para el espíritu que el whisky había drenado unas horas antes, pero estaba demasiado bebido como para coordinar y sacar un sonido decente. Por suerte, aunque nublado, todavía mantenía la mirada fija, así que opté por leer algo de la generación beat mientras escuchaba los gemidos de los vecinos de arriba. Satie empezó a sonar en la radio. Mi vecina se corrió, a Bukoswki le estaban chupando la polla y allí estaba yo, solo y borracho en mi cocina gozándome unos macarrones.
Gasté mi último cartucho. Vi un documental sobre bestias colombinas. Hasta los cocodrilos del Orinoco estaban haciendo amor. La barrena era total, el fin definitivo. Me la saqué, pero el alcohol me impedía fijar mi flujo de pensamiento en ningún par de tetas en concreto. Acabé dormido con ella abrazada a mi mano.
"Se paró y se dio la vuelta, descansó de nuevo sus oscuros ojos en mí, me atrapó. Yo estaba transfigurado, ardiendo" - C. Bukowski

Comentarios
Publicar un comentario
No me seas rata y firma el comentario