Octava Norte

Cuando Chet Baker fecunda tu mente a través de tus oidos, al pasear de noche por Madrid se escinde el paralelismo de las líneas que te anclan al bullicio de Callao, Sol o Gran Vía, distorsionando las estelas rojas y amarillas que los coches arrastran tras de sí, como oscuros cometas sin órbita ni guía. En tu asincronismo redescubres las vidrieras y los antiguos teatros, ocultos a plena vista, que ahora albergan tiendas de ropa y lencería. Madrid es como los ancianos: pueden parecer grandes o pequeños, y en ocasiones inocentes o incluso vacíos, pero engañan, uno solo debe pararse a caminar por sus callejas y atreverse a leer en las grietas de su piel las historias de amor, vicio, alegría o traición de las que un día fueron testigos. Y esto es, ni mas ni menos, lo que al margen de lo puramente médico he aprendido en estos casi dos meses rotando por la unidad de agudos. 

Ahora, sentado entre carpetas azules y volantes de colores perfilo en el ordenador los últimos trazos del portafolio, buscando en lo profundo de mis recovecos todas aquellas experiencias definitorias de este último mes. Recuerdo cuando alguien alargó la mano buscando auxilio en su mundo de oscuridad y silencio; del mismo modo que aquella sonrisa, extrema inocente y sincera, se esbozó en un rostro eternamente agradecido. Los cuerpos decadentes albergan en secreto las curvas que antaño lucieron con artística armonía, custodiando el tesoro de una vida cultivada. Llegado el momento no puedo evitar que se me escape una sonrisilla al reconocer, en mi gran compendio de entremeses, multitud de expresiones retromolonas y una amplia lista de canciones de la Movida.


Resulta curioso, y hasta casi injusto, como algunas personas (porque, aunque a muchos les cueste creerlo, nunca han dejado de serlo) llegan tan bien a la tercera edad mientras que otros, Sísifos en su eterno litigio, cargan con las piedras que la vida les ha ido poniendo en su camino. Uno se estremece al darse cuenta de la batalla que cada uno de ellos libra en silencio, bajo un rostro de inocencia, como queriendo restarle importancia al problema. Son varias las veces que, durante estos dos meses, he mirado a los ojos a la muerte en forma de vida que gotea por los resquicios de la edad, en forma de una conciencia que sabe su fatal destino, extinta, aceptando su aniquilación. La mente lúcida lucha con un cuerpo enfermo, que claudica. Los móviles se frenan, y la naturaleza, imparable, impone su cauce con el fin último de estallar la presa en la que tanto tiempo ha sido retenida. Creo que ha habido una Cara B todavía más dura en este vinilo, más allá de la muerte, y ha sido ver cómo en ocasiones la cordura escapa a destiempo, y te obliga a deambular arrastrando un cuerpo vacío, negado de la persona que un día hubo sido, como movido por la inercia y la dinámica intrínseca en un mundo que rota, un tiempo que pasa y una vida que se escapa. 

En una ocasión, cierto escritor afirmó que el arte se aprecia mejor cuando uno tiene hambre, ya que ésta expande los sentidos. Quizá tuviera razón, y la vida se disfrute mejor cuando uno tiene hambre de vida y de poesía, de pecado y deseo, de éter y carne. Al fin y al cabo, después de cien años, vivir se convierte en una cuestión de actitud ¿no?

“En una palabra, que con razón, sin razón o contra ella, no me da la gana de morirme. Y cuando al fin me muera, si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, no me habré dejado morir, sino que me habrá matado el destino humano. Como no llegue a perder la cabeza, o, mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida; se me destituirá de ella…”
He de confesar que he encontrado en la geriatría una especialidad exenta de esa tendencia filistea que tienen otras especialidades a torsionar la realidad hasta el último fotograma, estrangulándola en un sistemático planteamiento, nudo y desenlace, lo que la ha hecho muy atractiva a los ojos del futuro Dr. Gracia. Jamás podremos negarle a la vida su natural talante de misterio, y muchos menos aquí, en geriatría, donde la presentación atípica, el paciente parcialmente orientado y la ICC-descompensada son la norma. Confesaré también que, gracias al genial equipo de geriatras que nos han acogido, he descubierto como los extremos de la vida pueden llegar ser algo hermoso, y, gestionados de forma correcta, sorprendentemente humanos.

Afuera, ya la noche se impone en la quietud, mientras, desde el despacho, disfruto de un magnético espectáculo, viendo como el sol agoniza estirando sus últimos rayos sobre la casa de campo, para estampar en el óleo celeste los violáceos colores del ocaso. 

La vejez es la suma de toda la vida, milagro y nobleza de la personalidad humana” – Gregorio Marañón

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