Existe un lugar, allá en las alturas de la séptima planta del pasillo norte del Hospital Clínico San Carlos, donde la luz artificial permanece perenne, inmune a los ritmos circadianos, transfigurando el tiempo y quedando las horas estáticas, expectantes a los designios de los anestesistas, cirujanos y enfermeros. Bien podría ser mañana, tarde o noche, o haber pasado allí dentro tres, cuatro o cinco horas; en el trande del humo y las chipas y el ruido uno nunca sabe. Y esta alteración del orden natural de las cosas no queda ahí, sino que va más allá, y estos señores con gorro, bata y máscara casi rozan el santo grial: quizá no te den la vida eterna, pero sí alargan la existencia del ser unos cuantos años más.
Como bien aprendí este verano, al principio del camino uno no tiene más que un débil y sutil esbozo de las razones que llevan a recorrerlo, difuminado por la niebla de aquello que uno cree que son sus motivos. Pero, al igual que ocurre con la niebla, ésta solo ofrece lo grotesco de las formas, y uno no descubre lo barroco de los detalles y las aristas en las figuras si no se atreve a aventurarse en ella. Y de este modo ha transcurrido mi pequeña peregrinación por el servicio. Los primeros días uno va un poco perdido: es un ambiente desconocido, gente nueva, ritmo frenético... y de pronto te encuentras fuera de tu zona de comfort. Para algunos, afortunadamente una minoría, tan solo eres el estudiante de medicina. Estás aquí porque así se te ha asignado, te gusten o no las especialidades quirúrgicas. Pero el tiempo, ya se sabe, es algo inmaterial que vale más que el más preciado de los metales, así que decides aprovechar al máximo esta oportunidad que se te ha brindado.
Como bien aprendí este verano, al principio del camino uno no tiene más que un débil y sutil esbozo de las razones que llevan a recorrerlo, difuminado por la niebla de aquello que uno cree que son sus motivos. Pero, al igual que ocurre con la niebla, ésta solo ofrece lo grotesco de las formas, y uno no descubre lo barroco de los detalles y las aristas en las figuras si no se atreve a aventurarse en ella. Y de este modo ha transcurrido mi pequeña peregrinación por el servicio. Los primeros días uno va un poco perdido: es un ambiente desconocido, gente nueva, ritmo frenético... y de pronto te encuentras fuera de tu zona de comfort. Para algunos, afortunadamente una minoría, tan solo eres el estudiante de medicina. Estás aquí porque así se te ha asignado, te gusten o no las especialidades quirúrgicas. Pero el tiempo, ya se sabe, es algo inmaterial que vale más que el más preciado de los metales, así que decides aprovechar al máximo esta oportunidad que se te ha brindado.
Cuando uno se sumerge día tras días en la realidad avasalladora, científica y casi matemática que allí arriba ocurre, corre en el riesgo de ahogarse en ella, aniquilando cualquier esbozo de magia y misterio al tener siempre una explicación, escatológicamente fisiológica, para cuantas preguntas uno pueda formular. Esta ha sido, sin lugar a dudas, la gran sombra que se ha cernido sobre mí durante estos dos meses que he estado de rotación por el servicio de Cirugía Cardiaca.
Considero que en un carrera como esta, las personas tenemos dos egos que nos definen e impulsan: el social y el personal, y hasta que uno no los encuentra vaga sin rumbo entre apuntes y libros, pseudoconvencido de saber las razones que le han llevado a meterse en este fregado. En tu caso, JG, tras tres años sabes que tu ego personal se basa en la fascinación por lo complejo de la maquinaria humana (y más
aún por aquello oculto al ojo humano), así como el privilegio de tener acceso a
ella. Pero no podrías vivir sin la extrasístole que provoca lo desconocido al
pensar en cómo de lo inorgánico, como unos trazos de tinta en un papel, aflora
algo tan vivo como una emoción (pero eso es un tema que trataremos en otra entrada). La verdad es un arma de doble filo, ya lo dijo
un superhombre: “cuando la verdad es
abyecta, y no cuando es sucia, al que busca el conocimiento no le agrada
profundizar en sus aguas”. Superados los límites de la posibilidad de conocimiento queda la piedra angular de todo este dilema: ¿hasta donde te atreves a llegar?.
Es por ello que no todo ha sido un camino de rosas en mi periodo de prácticas. Todo sea dicho, tuve mi primer
gran bache en el que reconsideré si ésta era la vida que quería; y la duda golpeó fuerte haciendo tambalear los cimientos de mi res cogitans. A fin de cuentas, la duda es el
único verdadero enemigo del hombre. Temía encontrarme con la muerte y los extremos de la vida en el quirófano, o que la realidad y la ciencia, que dominan la rutina de tu día a día, consumieran ese poquito de magia que sigue latente en la naturaleza humana. Navegué errante durante unos días en una
noche oscura a través de aguas negras que todo lo devoran y de las que nada
brota, sin estrellas, sextante ni luna que guiaran mi camino. Pero por muy oscura que sea la noche, revuelta la
tormenta y tortuosa la travesía, toda odisea llega a término y todo Odiseo a
puerto, y así hice yo, con mi humilde pasión por esta ciencia tan humana
reforzada. Todavía se pueden leer poemas entrelineas en el Harrison, todo es cuestión de perspectiva.
Sería muy sencillo ser partícipe
de la crítica no constructiva, deporte nacional, e incurrir en una
gran cantidad de pormenores que, a priori, podrían ser considerados como
detalles que hacen de la rotación un gran desperdicio. Pero cuidado, pues si
uno realmente se para a reflexionar sobre ellos, se da cuenta de que el asunto
no es así; todo es cuestión de encontrar tu sitio y tus objetivos en todo este
trasiego de quirófanos, adjuntos, residentes, anestesistas, enfermeros, y lo
más importante, enfermos. Te lavas cuando te puedes lavar y la situación lo
permite, observas la cirugía con un altillo desde la cabeza del paciente cuando
la Doctora no tiene que manejar las vías, y auscultas y exploras todos los
pacientes que puedes durante el pase de planta o entre cirugías (aunque seas el
que más madrugue de todos tus compañeros).
Y así, después de 49 días descubriendo las maravillas que esconde la 7N, me despido de este camino sin compostelana. Desterrada queda la visión del quirófano como un lugar de frío, soledad y silencio, así como la figura del cirujano como personaje totalitarista alérgico al resto de los mortales. En su lugar, ahora sé que están llenos de música, de medicina y de un capitán que con decisión coordina a un equipo de profesionales (experto cada cual en su gremio). Creo que la conclusión más importante que he podido sacar de este periodo es algo tan sencillo, que muchas veces se nos olvida: uno elige qué tipo de médico quiere ser desde el minuto cero.
Me voy de aquí quizá sin ser mejor persona, pero sí un poquito más humano, un poquito más médico.
![]() |
"Preciso es llevar dentro de uno mismo un caos para poder poner en el mundo una estrella."
F Nietzsche

Comentarios
Publicar un comentario
No me seas rata y firma el comentario