Acto 3 Escena 1

Amanece otro día más en Santa Comba, esta vez los gorriones, y de nuevo Apolo avisa al Jorge Pensante de que es hora de comenzar un nuevo día con unos rayos que, furtivos, se cuelan a través de su persiana, atraviesan sus párpados cerrados y llegan hasta su mente. Con la llegada del rey sol, el murmullo del 46 bajo su ventana fecunda su mente a través de sus oídos.

Es  temprano por la mañana, y quizá todos y cada uno de los seres con los que Jorge comparte sin que ellos lo sepan un ratito de su tiempo continúen con su rutina. El señor mayor de abrigo marrón y cara arrugada volverá a encenderse un cigarro y a apagarlo rasgándolo contra la papelera de la 868; la chica de pelo rubio, largo y ondulado, apurará una vez más la hora de salir de casa y correrá para coger el bus; y el autobusero de melena Slash le dará los buenos días una vez más a Jorge a las 8:00 cuando suba al 46 destino Sevilla.

Como es costumbre, por las mañanas temprano Jorge piensa, su res cogitans despierta de su letargo nocturno y echa carbón a la locomotora. Esta vez se pregunta por qué Cronos decidió en su momento el hacer del tiempo un pez que se muerde la cola, que se caga y se vomita constantemente para llegar a ningún lugar. Después de un año en Medicina le parece extraño que la naturaleza permita a algo tan sin sentido persistir su existencia. Y es que cada vez que cierra lo ojos la escena se repite: control 1 con ganas de reventar la carrera y en la salida hacia el punto 2...crack... un hoyo lo acecha y se medio lleva su tobillo; Jorge se arrastra por un camino, lucha por mantener la cabeza serena y el tobillo funcionando. Tres semanas después, la misma historia se repite recogiendo balizas en un entrenamiento, y a los cuatro días otra vez, sólo que esta vez Jorge está solo en la Casa de Campo. La escena se repite, una y otra vez, como si Jorge estuviera destinado a sentir como su ligamento peroneoastragalino anterior se tensa, sobre pasa su límite y se distiende, y como su cápsula articular va con él. Y es que e
l crack que escucha cada una de esas veces hace mella en la piel y más hondo.

Abre los ojos, es momento de tomar contacto con la dimensión terrena. Es Sábado, y a pesar de que tendría que amanecer en Cuenca no lo ha hecho. Se pregunta este ser si le ha merecido la pena no forzar, dejar pasar la oportunidad de una prueba única entre bosques y veredas, y ser preso de la ciudad del humo y del ruido donde cada vez se hace más difícil encontrar un momento de libertad. Su compañera de juego lo traicionó, lo expulsó del tablero, y ahora Jorge va con miedo de que la escena se repita; con miedo y con enfado, no quiere depender de un vendaje funcional y de los caprichos del destino para mantener los tobillos en su sitio.

Después de un finde urbanita y asfaltoso, se ha animado a probar sus articulaciones. Sabe que no está bien, que no le hace el juego entero y los giros cerrados a la derecha le dan pánico, aunque no sabe muy bien si le dan más pánico a su Yo racional o a su Yo reptiliano (por aquello del instinto de propia conservación). Ambos se niegan a volver al rincón oscuro del gimnasio, pero si es lo que tienen que hacer, lo harán; se quejan de vicio, son unos cascarrabias.

Quizá ir tierras portuguesas este fin de semana sea un error, pero, a fin de cuentas, ¿qué es la vida si no más que errores y matices?

 To die, to sleep.
To sleep, perchance to dream -

Tendré que ir a preguntarle a Hamlet, o a Segismundo.



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